
Hay diferentes maneras de sentirse solo. Una es… porque estás sola. Vivís sola. Te has quedado sola porque alguien murió, o alguien se fue. Y ya sabés medir la cantidad de arroz que se necesita para uno. Una taza de café con leche de mostachones. Doscientos cincuenta gramos de carne, un litro de leche dura casi una semana… En fin. Lo cotidiano, rutinario, repetido. Hay millones de personas que viven solas. Pero hoy, ahora, me he sentido sola de otra manera. De una manera ruin y dolorosa. Imperdonable. No quiero recordar nada de lo que nos hemos dicho, escrito, confesado, compartido. Quiero velar todas las fotografías que veo en los recuerdos. Arrancar el disco rígido y quemarlo. Una hoguera de purificación. Y en ese fuego, tus cartas. Grabé encima otro mensaje sobre el mensaje que me dejaste en el contestador: “Tenía muchas ganas de escucharte”. ¿Cómo me creo esas cosas? Estamos en el siglo veintiuno y soy tan perfectamente estúpida que me creo esas cosas. Que alguien necesite a otro. Un hombre a una mujer… ¡Que un hombre necesite algo que no sea contemplar en el espejo de su terrible vanidad todos los tonos fuertes, medianos, intermedios y débiles del arcoiris “precioso” de su yooo gigantezcoooo! Siempre tan sacrificados. Siempre tan cansados. Siempre tan confundidos. Siempre tan compasivos consigo mismos, tan permisivos, tan ombligos del mundo. Porque yo. Yo. Resulta que yo. Yo creo. Yo. Casi cinco meses dando vueltas alrededor de una relación que parecía crecer, afianzarse, una relación que parecía un lazo de seda acercándonos con suavidad… Bellas palabras floreciendo en los canteritos mágicos de las cartas. Llamadas de madrugada, con voces temblorosas. Ganas de llorar y de reir al mismo tiempo. Sentir que había recuperado al jilguero Magaldí que se escapó de la jaula hace años. Que mis seres amados habian regresado y me miraban como diciéndome: ¿Viste que todo era más fácil de lo que creías? Escuchar las pisaditas de Maravilla, mi amada perra dálmata y su alegría indescriptible cuando llegaba a casa… Escuchar nuevamente los latidos de mi corazón. Co-ra-zón-co-ra-zón-co-ra-zón… Resucitar. De entre los muertos. De entre los descreídos. De entre los llorosos suplicantes de amor. De entre los incrédulos. De entre los desperanzados. Resucitar… dejar tirada en el piso la mortaja, como Salomé dejó sus siete velos… Recitar de memoria poemas de amor de Juana de Ibarbourou. Tararear caminando por la calle. Oler el perfume inconfundible de las flores de los tilos de las avenidas de la ciudad de Junín, arrancar algunas, ponerlas en el bolsillo de mi blusa, oler como un tilo mientras me muevo por mi casa… recordándolo. Confiando. Amando. Segura de cada una de sus palabras. Más segura aún de sus verdades indiscutibles. Tan lejos… pero tan cercanos. Con tantas ganas de vernos, de abrazarnos, de decirnos… de preguntarnos… Y nisiquiera llamaste para decir “No puedo viajar hoy”. ¿Sabés algo? Ya nada borrará la soledad de mármol erigida en estatua dentro de mi corazón. Tu única excusa podría ser la muerte. Otra no valdría. Ninguna otra. Si en este preciso instante estás vivo, aquí o allá, haciendo importantes cosas, etc. etc. etc, no te molestes en llamarme, ni en escribirme ni en acercarte a mí. Porque te maté. Estás muerto. Y yo sé dónde se clava el cuchillo para matar a alguien. Estás muerto. Muerto. Y yo completamente sola y sin recuerdos. Inconmovible, más dura quel mármol, más helada que la nieve; como Galatea.
No hay comentarios:
Publicar un comentario